domingo, 13 de noviembre de 2016

50.000 historias

50.000 historias
…eso decían en la televisión sobre los casi sesenta mil participantes en el maratón de NYC de 2016.

Deportivamente no estoy satisfecho porque durante los tres primeros tercios de la carrera iba cómodo para finalizar en 3h 30’, pero en la rampa de subida hacia el puente del Bronx, el último ya, aparecieron los malditos calambres en ambas piernas. Me quedaban entre 10 y 12 k para terminar, así que lo primero que pensé fue: abandona, no puedes correr tantos kilómetros en estas condiciones. Enseguida se puso en marcha otro tipo de fuerza con el recuerdo de la sonrisa de Ana, con la generosidad de Rosa, de mis amigos y de mi familia, con mis nuevos hermanos de Berkeley Springs, con los ojos de Luna y de Ulises, con la magia de Sheima. Y con esta fuerza que no tiene nada que ver con los músculos seguí trotando, como un jabalí perezoso, hasta la meta.

Marqué el mismo tiempo que en mi primer maratón (Sevilla 2015): 3h 47’. Pero esta pequeña decepción se me olvidó enseguida en la meta, cuando lloré de felicidad oculto bajo mi poncho azul. Dos años después de empezar a correr, dos años después de pensar en este sueño, este tributo a Ana Santos Payán, la Gaviera, por fin se había hecho realidad. Allí estaba, bajando por Central Park West con una procesión de zombis azules, todos acariciando sus medallas. Yo lloraba como un tonto, y me apretaba el tatuaje: estás en Cartago.

Camino despacio y lloro contra el viento helado y sonrío al mismo tiempo recordando.

Los primeros entrenamientos hace dos años. Diego, mi amigo hermano, me obligó a correr entonces 10k. El sufrimiento de aquel día lejano ha sido el mismo que en estos últimos 10k en Manhattan. Nuestro lema budista, Diego, el dolor es inevitable, el sufrimiento opcional. A pesar del poco tiempo que tuviste, ella aprendió mucho de ti, debes estar orgulloso. Un jarrón hecho añicos, un sonajero encontrado en la calle, un ciclista suicida, paseos en la nieve. La última vez que salimos juntos a correr por el monte te pregunté qué hay detrás de la última montaña. Tú me dijiste, otra. Ella acariciando el papel.

Faltan solo diez minutos para la salida, las vallas aún están cerradas. Estoy sentado en la hierba, relajando los músculos, junto a tres atletas cántabros con los que he compartido bus. Alguien se agacha frente a mí para atarse la zapatilla. Miro su cara. Sé quién es pero no me lo puedo creer. Allí, entre 60.000 personas, es imposible. Dudo, lo miro mejor, y finalmente pregunto: Luis? La gente se nos queda mirando porque nos abrazamos como si una guerra hubiera acabado. Luis es un amigo de España, es el hermano pequeño de mis mejores amigos en España: María y Juampe. No me lo podía creer. Luis, Juampe, María, gracias por estar en la salida con nosotros. Amigos hermanos, haciendo realidad todo lo que soñamos, vivimos, un valle inundado por el estruendo de las gaitas, saltar desnudos al río, tumbarse en la carretera a ver las estrellas, Chicago, lo veis?, lo veis?, lo veréis.
-¿Luis? (Yo de espaladas con impermeable azul).

Cañonazo de salida.


Rosa, aquí tengo el lazo azul. Tu madre, Ramona, ha corrido también con nosotros. Un lazo azul que tiraba de mi muñeca cuando me quería parar. El primer día de 2016 cruzamos juntos un puente. Un puente antiguo de piedra. Era de noche y la niebla espesa cubría todo. Siempre nos encontramos seguros en nuestra propia orilla, pero si nuestros puentes caen, entendemos que son defensa y abrazo. Y los echamos de menos. Rosa, tu generosidad ha hecho posible que se cumpla este sueño. Tu voz cercana hace sonreír a las sirenas porque ahora el puente eres tú.

Llego a la 65 donde había quedado con Sheima pero es tal el gentío que no somos capaces de encontrarnos. Una mujer estadounidense está esperando a otro corredor, un amigo japonés, le pido el favor de que me deje el móvil para llamar a Sheima. La llamo y le digo dónde estoy. Mientras viene, hablo con la mujer. Me dice que ha preferido seguir las dos primeras horas de la carrera por televisión, y que le han encantado las historias personales de cada corredor. Me dice que el locutor ha gritado: ¡hoy la ciudad de NY no tiene 50.000 corredores, tiene en sus calles 50.000 historias! Entonces me mira y me pregunta: ¿tú también tienes la tuya?





[Gracias a Linda Crawford, Sherry Hartman, Kate Stotler, Teresa Yost, Chus Tomás, Hermanos Miguel Tomás, Mercedes Vico, Patry Madden, Tonya Stotler, Chris Stotler, Mitch Nida, Angie Hott, Kristin Willard, Diego de Haro, Luis Suárez, Paco Pérez Montoya, Kika Martínez, Alex Uñas Negras, Antonio Descalzo, Bonnie, Wayne, Rosa Pérez Machado, Luna, Ulises, Sheima. Sin vosotros, no hubiera sido posible este tributo a Ana, la Gaviera].

Pedro

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