50.000 historias
…eso decían en la televisión sobre los casi sesenta mil
participantes en el maratón de NYC de 2016.
Deportivamente no estoy satisfecho porque durante los tres
primeros tercios de la carrera iba cómodo para finalizar en 3h 30’, pero en la rampa
de subida hacia el puente del Bronx, el último ya, aparecieron los malditos
calambres en ambas piernas. Me quedaban entre 10 y 12 k para terminar, así que
lo primero que pensé fue: abandona, no puedes correr tantos kilómetros en estas
condiciones. Enseguida se puso en marcha otro tipo de fuerza con el recuerdo de
la sonrisa de Ana, con la generosidad de Rosa, de mis amigos y de mi familia,
con mis nuevos hermanos de Berkeley Springs, con los ojos de Luna y de Ulises,
con la magia de Sheima. Y con esta fuerza que no tiene nada que ver con los
músculos seguí trotando, como un jabalí perezoso, hasta la meta.
Marqué el mismo tiempo que en mi primer maratón (Sevilla 2015): 3h
47’. Pero esta pequeña decepción se me olvidó enseguida en la meta, cuando
lloré de felicidad oculto bajo mi poncho azul. Dos años después de empezar a
correr, dos años después de pensar en este sueño, este tributo a Ana Santos
Payán, la Gaviera, por fin se había hecho realidad. Allí estaba, bajando por Central
Park West con una procesión de zombis azules, todos acariciando sus medallas.
Yo lloraba como un tonto, y me apretaba el tatuaje: estás en Cartago.
Camino despacio y lloro contra el viento helado y sonrío al mismo
tiempo recordando.
Los primeros entrenamientos hace dos años. Diego, mi amigo
hermano, me obligó a correr entonces 10k. El sufrimiento de aquel día lejano ha
sido el mismo que en estos últimos 10k en Manhattan. Nuestro lema budista,
Diego, el dolor es inevitable, el sufrimiento opcional. A pesar del poco tiempo
que tuviste, ella aprendió mucho de ti, debes estar orgulloso. Un jarrón hecho
añicos, un sonajero encontrado en la calle, un ciclista suicida, paseos en la
nieve. La última vez que salimos juntos a correr por el monte te pregunté qué
hay detrás de la última montaña. Tú me dijiste, otra. Ella acariciando el
papel.
Faltan solo diez minutos para la salida, las vallas aún están
cerradas. Estoy sentado en la hierba, relajando los músculos, junto a tres
atletas cántabros con los que he compartido bus. Alguien se agacha frente a mí
para atarse la zapatilla. Miro su cara. Sé quién es pero no me lo puedo creer. Allí,
entre 60.000 personas, es imposible. Dudo, lo miro mejor, y finalmente
pregunto: Luis? La gente se nos queda mirando porque nos abrazamos como si una
guerra hubiera acabado. Luis es un amigo de España, es el hermano pequeño de
mis mejores amigos en España: María y Juampe. No me lo podía creer. Luis,
Juampe, María, gracias por estar en la salida con nosotros. Amigos hermanos,
haciendo realidad todo lo que soñamos, vivimos, un valle inundado por el
estruendo de las gaitas, saltar desnudos al río, tumbarse en la carretera a ver
las estrellas, Chicago, lo veis?, lo veis?, lo veréis.
| -¿Luis? (Yo de espaladas con impermeable azul). |
| Cañonazo de salida. |
Rosa, aquí tengo el lazo azul. Tu madre, Ramona, ha corrido
también con nosotros. Un lazo azul que tiraba de mi muñeca cuando me quería
parar. El primer día de 2016 cruzamos juntos un puente. Un puente antiguo de
piedra. Era de noche y la niebla espesa cubría todo. Siempre nos encontramos
seguros en nuestra propia orilla, pero si nuestros puentes caen, entendemos que
son defensa y abrazo. Y los echamos de menos. Rosa, tu generosidad ha hecho
posible que se cumpla este sueño. Tu voz cercana hace sonreír a las sirenas
porque ahora el puente eres tú.
Llego a la 65 donde había quedado con Sheima pero es tal el gentío
que no somos capaces de encontrarnos. Una mujer estadounidense está esperando a
otro corredor, un amigo japonés, le pido el favor de que me deje el móvil para
llamar a Sheima. La llamo y le digo dónde estoy. Mientras viene, hablo con la
mujer. Me dice que ha preferido seguir las dos primeras horas de la carrera por
televisión, y que le han encantado las historias personales de cada corredor.
Me dice que el locutor ha gritado: ¡hoy la ciudad de NY no tiene 50.000
corredores, tiene en sus calles 50.000 historias! Entonces me mira y me
pregunta: ¿tú también tienes la tuya?
[Gracias a Linda Crawford, Sherry Hartman, Kate Stotler, Teresa
Yost, Chus Tomás, Hermanos Miguel Tomás, Mercedes Vico, Patry Madden, Tonya
Stotler, Chris Stotler, Mitch Nida, Angie Hott, Kristin Willard, Diego de Haro,
Luis Suárez, Paco Pérez Montoya, Kika Martínez, Alex Uñas Negras, Antonio
Descalzo, Bonnie, Wayne, Rosa Pérez Machado, Luna, Ulises, Sheima. Sin
vosotros, no hubiera sido posible este tributo a Ana, la Gaviera].
Pedro